lunes, 8 de enero de 2007

pasandolas putas

No me di cuenta de la clase social a la que pertenezco hasta que un día mi padre - o quizás fue mi madre - hizo un comentario, casi de pasada, hablando del día en que nuestra abuela se vino a vivir con nosotros a la ciudad (a Oviedo). hasta entonces yo estaba convencido que, más o menos todo el mundo era igual, que todos eran como nosotros, y que nosotros éramos "normales". Mi familia se muda a Oviedo teniendo yo dos años, es decir en el 73. Y mi abuela se viene al poco.
- ¿Por qué se vino la abuela, madre? - pudo ser mi pregunta,
Y la respuesta más o menos esta: tu abuela vivia en la casa del pueblo en que vivió toda la vida. Un día estaba yo con tu padre que habíamos ido a Cangas y dormimos en su casa. Aquel día la abuela salió a primera hora y fue a trabajar al campo como siempre. Cuando tu padre, al caer la tarde la vio aparecer con el jornal de ese día, me dijo:"tu madre no tiene por qué andar pasando miserias. Que se venga a Oviedo a vivir con nosotros". El "salario"de un día de trabajo recogiendo patatas, todavía en aquellos años, era algunas de las patatas que había recogido. Le llaman "la rebusca" al derecho que otorgan los propietarios de un campo o una huerta a pasar, una vez recogida la cosecha, y quedarse con, por ejemplo, las patatas que no se han recogido. Pues bien, ese era el salario. Muy jodido ser viuda y jornalera sin tierra en la Asturias de los minusculos propietarios acosados por el hambre.
Tirando del hilo rojo de la historia he llegado a algunas otras. ¿Como una viuda con 6 hijos saca adelante su familia en una época así?

1.Colocando a sus hijos en casas ajenas.Sea en una casa de dudosa reputación cuya patrona comentan se dedicaba a facilitar que las mu1jeres se deshicieran de embarazosos problemas, sea colocandolas a trabajar en casas de labranza donde, desde los seis años, trabajan como adultos, reciben palizas sin fin y pasan tanta hambre que tienen que robar a escondidas la comida a los cerdos. Cuando las cosas mejoraron colocaron a las más jóvenes con los mayores (en Madrid sobre todo)

2.La de comadrona o de partera era otra de sus tareas "muy valorada por las mujeres de la zona" por sus habilidades; aunque teniendo en donde coloca a sus hijas es posible que lo de "comadrona" sea una versión amable de una función menos noble y poco digna tanto de la españa franquista como de nuestra inmaculada democracia

3. Yendo a Madrid cada vez que tenía un hijo a dar de mamar al hijo de un rico, mientras en el pueblo dejaba a su propio retoño a cargo de su hija mayor comiendo lo que hubiese

4. Cuando los hijos varones fueron mayores (13 años?) poniendolos a trabajar en la mina; y a las chicas mandándolas a Madrid (o quizás yéndose ellas) ¿Pero a Madrid a qué? Puen en ese madrid de pensión y hambre, con más manos para servir que casar que las necesiten, solo tengo constancia de que mi tia vivia en una casa con otras mujeres y una "patrona". Y que cuando murió esta, mi tia casó con el patrón que "era todo un señor"

Y así pasaron los 25 años de paz del proletariado español...

El ambiente y los libros de texto

Pese a haber vivido una infancia en la que no se notaban en lo material las secuelas de la guerra civil, sí que había, no obstante, muchos detalles que mostraban una situación anormal. Si en las comidas en casa de mi abuela paterna –franquista- se podía hablar tranquilamente de las cosas de la guerra, lo malos que eran los rojos, etc, nunca pasaba lo mismo con la familia de mi madre –republicana-. En torno a 1970, teniendo yo 14 años, sí se percibían también otros indicios. El colegio al que asistía, de curas, estaba situado junto al cuarte de la policía armada, y había ocasiones, cada vez más, en las que los vehículos antidisturbios se acumulaban en la puerta prestos a salir: se trataba del Aberri Eguna, que por aquel entonces empezaba a celebrarse en las calles de San Sebastián. En ese día, nuestros padres no nos dejaban salir de casa, pero en el colegio algún compañero de clase, oscuramente, hacía mención de esa fecha sugiriendo que algún hermano mayor sabía bastante más del asunto.
No es de extrañar este ambiente, porque aún en fecha tan tardía, 31 años después de terminada la guerra civil, se podía leer lo siguiente en el libro de Historia que estudiábamos en el colegio:

Íñigo Echenique



sábado, 6 de enero de 2007

Los Reyes Magos

La noche del 5 de enero de 1937, la familia de mi madre vivía refugiada en Bilbao, después de haber huido de Guipúzcoa a finales de agosto, antes de que las tropas de Franco tomaran San Sebastián, el 13 de septiembre de 1936.
En Bilbao, vivían en un piso con otras familias vascas, también refugiadas y comían lo que podían. Es normal, que mi madre y su hermana pequeña, que eran unas niñas, esperaran ansiosas la llegada de los Reyes Magos y que lo que les pidieran este año no fueran sólo juguetes, sino también golosinas e incluso arroz, lentejas o garbanzos para que su madre pudiera cocinar.
Mis abuelos les oyeron cuchichear emocionadas:
- Pero, ¿tú crees que podrán los Reyes Magos llegar a Bilbao sin que les atrapen los requetés?
- Hombre, claro, para eso son magos, ellos pueden saltar por encima del cinturón de hierro sin que nadie los vea
Mis abuelos no tenían nada que poner a la mañana siguiente en los zapatos de sus hijas y tuvieron que decirles la verdad sobre los reyes magos para que no siguieran haciéndose ilusiones que no se iban a poder cumplir. Esto no es más que una anécdota, todos, en un momento u otro de nuestra vida, hemos pasado por la experiencia, más o menos traumática, de saber que los reyes magos no existen, pero en un día como el de hoy me ha venido a la memoria este recuerdo de cómo la guerra fue destruyendo hasta las ilusiones más sencillas y simples de los niños.

viernes, 5 de enero de 2007

la desmemoria

Más con tristeza que con el miedo de entonces, relata mi abuela un suceso de postguerra. Con la guerra terminada, Asturias ocupada y la represión en su máximo apogeo ("salian camiones desde asturias con los detenidos y los traían aqui - Llaciana, en Leon - para matarlos" cuenta mi padre) las delaciones y las acusaciones de ser "rojos" están a la orden del día. Mis abuelos maternos, campesinos firmemente republicanos intentan no hacerse notar. Una mañana antes del alba mi abuela, al salir de su casa camino de los campos de labor ve una pintada de gran tamaño en su puerta: UHP. Este es el lema de los revolucionarios asturianos (uníos hermanos proletarios). Significa ni más ni menos que están "marcados", que alguien los ha identificado para que vayan a por ellos. Mi abuela Adela consigue dominar su pánico inicial y entra en la casa a por agua y jabón. Limpia con energía la pintada, desesperada por acabar antes del amanecer, temiendo que alguien la descubra. Cuando amanece, aquellas letras, que años atrás habían representado todos sus anhelos de justicia social, habían desaparecido por fin de su puerta. Mi abuela nunca alcanzó a comprender como había "gente tan mala" como para delatarles de aquel modo. Al joven que yo era, y que la escuchaba entonces, siempre me costó empatizar con la profudidad de su temor y, sobre todo, con la tristeza por haber sido delatados. En cambio entendí perfectamente el mensaje del fascismo: borrarás con temor cualquier signo de lo que fuiste, en el silencio y la desmemoria, si quieres conservar tu vida.

jueves, 4 de enero de 2007

In Memorian Ángel Gómez Martín

Por las calles polvorientas de Bocigas, un pequeño pueblo de Valladolid, muy cerca de Olmedo, aquella tarde de julio de 1936, irrumpe como una maldición una caravana de vehículos camino de la iglesia, situada a la salida de la aldea. Un momento después bajan unos hombres armados, vestidos con uniformes de opereta, azules y rojos y entran en la parroquia.
Un niño corre anunciando a todo el que lo quiere oír:
- ¡Han entrado los falangistas! ¡han entrado los falangistas!
Aquella misma tarde, a la vuelta de la labranza, han estado en casa los compañeros de papá.
- Ángel, al fin han dado el golpe, tenemos que organizarnos, en media hora nos vemos en el Ayuntamiento, dile a tu hermano Casiano que venga también.
Papá está nervioso, se le nota cuando nos besa a los cinco, mamá está llorando:
- Ángel, no te metas en líos, piensa en tus hijos, por qué te presentarías al ayuntamiento, ya te dije que nos perderías a todos, se pueden tener unas ideas pero sin significarse… ¡madre mía! ¿que habrá sido de las tres mayores?
- Ellas están bien, parece que no han podido tomar Madrid.
Mamá lo abraza, lo besa, le estira la chaqueta y lo deja marchar mientras, sin perderle de vista desde el portón de casa, se limpia las lágrimas con el mandil atado a su cintura.
En el Ayuntamiento están todos, Venancio, el tío “Bomba”, Juanito, los primos. Apenas han comenzado a hablar cuando suenan un par de disparos y entran violentamente los forasteros acompañados del párroco Agustín. Los falangistas miran al cura, quien imperturbable señala:
- Todos éstos están en la lista, nos han facilitado el trabajo al estar reunidos, sólo habrá que buscar tres o cuatro más.
Los atan y los llevan a una improvisada prisión en la cuadra de la casa grande, algo después se abre la puerta y empujan a Toribio, el hijo del panadero:
- He intentado escapar pero me han cogido, Luis y su cuadrilla no han venido al pueblo esta tarde, parece que se han salvado.
- Hay que escapar como sea, nos van a matar a todos.
- No hombre, no, ¡cómo nos van a matar, si no hemos hecho nada!
- Parece que no los conozcas…
- Y el cura, ya has visto, está por medio.
- Pero si arreglamos la fachada de la iglesia y todo.
- Bastante le importa a ése, es un fascista.
Esa noche tras muchas discusiones y en un descuido del vigía, Severiano y Juanito emprenden su huida hacia el bosque. Le han insistido mucho a Ángel para que los acompañe, son su primo y su mejor amigo, pero el piensa que no les pueden hacer nada y además que sería de sus cinco hijos pequeños y de Emiliana, pobre Emiliana…
El alba despierta al pueblo con gritos, los doce hombres son subidos a golpes a una camioneta, nosotros cinco estamos agarrados a mamá; cuándo la furgoneta pasa a nuestro lado, papá la mira:
- Cuida de los chicos hasta que vuelva
Siento que no volverá mientras corro detrás de la furgoneta, pero ésta se pierde camino de Mojados. Aún hoy, setenta años después, sigo sin saber dónde paró esa camioneta, sigo sin saber dónde mataron a mi padre.

Este testimonio lo recibí de mi madre, una de las hijas mayores que estaba en Madrid, y de mi tía Carmen, en quien he puesto la voz del relato, la niña que corrió por última vez detrás de su padre, mi abuelo. Terminada la guerra, mi madre y sus hermanas mayores volvieron al pueblo a reunirse con su familia. Les esperaba la cárcel por unas semanas y el habitual corte del pelo al cero, su delito: ser hijas de un republicano.
Cinco años después ya instalada toda la familia en casa de la hermana mayor en Vallecas, una mañana Emiliana no pudo más y se tiró a las vías del tren. Por eso, a mi abuela tampoco pude conocerla.

Javier Camarillo.


miércoles, 3 de enero de 2007

Todo lo que no era franquismo, era perseguido

Mi abuelo tenía una tienda de telas, de tejidos, en Martos, un pueblo de Jaén que durante la sublevación franquista en los primeros meses de la guerra civil había caido en bando republicano. Es decir, era lo que hoy podríamos considerar un pequeño comerciante de clase media, liberal, ni comunista, ni socialista, ni mucho menos anarquista.

Durante la guerra fue reclutado por el Ejército republicano. El Gobierno republicano le indemnizó con dinero de la república puesto que no iba a poder atender su pequeño negocio de telas en el pueblo. Este dinero y puesto que el Gobierno republicano perdió la guerra, finalmente, no le sirvió para recuperar los años "perdidos". Evidéntemente el dinero imprimido por la república no servía en el nuevo estado franquista.

Aún y todo mi abuelo consiguió salvar su vida y su negocio en la posguerra. Sin embargo, todos los años tenía que desfilar por el pueblo con el resto de hombres del pueblo el día de la victoria (1 de abril).

Aquel día mi tío Pepe nació y claro, mi abuelo, no pudo asistir al desfile de la victoria porque tenía que atender a mi abuela parturienta y supuso que la autoridad competente entendería que el haber tenido un hijo era una "causa de fuerza mayor" suficiente para no asistir a la anual cita de enaltecimiento de la "gesta" franquista.

Que equivocado estaba mi abuelo, un hombre liberal, de costumbres cristianas y un "buen español" como se estilaba decir entonces. Al día siguiente llegó un escuadrón de falangistas le detuvieron y le llevaron a sus siniestras dependencias, le dieron una paliza y le cortaron el pelo al cero para recordarle dos cosas: que no había excusa para no acudir a desfilar el día de la victoria y que el franquismo, la causa del franquismo, era más importante que cualquiera otra y si hacía falta demostrarlo violéntamente, ésto se haría de forma implacable.

Después de aquello mi abuelo siguió acudiendo puntualmente, todos los años al Desfile de la Victoria. Finalmente tuvo que abandonar el pueblo, vender su pequeña tienda de tejidos y rehacer su vida aquí en Madrid, en la capital de la nueva España franquista, como otros miles o quizás millones de españoles que creían en la razón y el buen juicio.

Y es que el franquismo perseguía todo lo que no fuera franquismo, incluso el sentido común.

Gabriel.

martes, 2 de enero de 2007

un barco en el puerto

Cuando volvíamos del colegio nos encontramos con una vecina, que se apresuraba hacia nuestro portal y fue ella la que nos lo dijo. Subimos las escaleras a saltos, los tres queríamos ser los portadores de la gran noticia, los tres queríamos ser los primeros en hablar y nos moríamos de ganas de ver la cara de nuestra madre cuando se lo contásemos.
  • Papá está en el puerto, ha venido en un gran barco

  • Hay que ir corriendo, lo ha dicho Conchi, la vecina

  • Vamos, vístete, tenemos que darnos prisa

Mamá parecía no entender nada de nuestro barullo, pero yo noté que se le iluminaban los ojos y que en sus labios empezaba a dibujarse algo parecido a una sonrisa. Nos movíamos a su alrededor, quitándonos la palabra el uno al otro, hasta que ella hizo una llamada a la calma:

  • Niños, dejad que me ponga los zapatos

Volvimos a bajar a la calle, corriendo por las escaleras, esperándole a ella en los descansillos de cada piso, todos queríamos estar a su lado y a la vez todos queríamos llegar los primeros. Caminamos sonrientes por el paseo, avanzando y retrocediendo, con un ojo puesto en el barco y el otro en mamá que no podía correr tanto como nosotros.

El barco entrará en el puerto, desde la cubierta podré ver los balcones de mi casa y ellos no sabrán que estoy aquí, tan cerca. Imagino a los niños volviendo de la escuela, con sus carteras al hombro, y a Lucía, mi amor, moviéndose entre los muebles de la cocina, preparándoles la merienda y creo que yo también estoy allí, que la pesadilla ha terminado y la vida vuelve a ser lo que era, con los sueños de ayer y con esa rutina que ahora tanto anhelo y tan dulce me parece. Han pasado más de dos años desde que me despedí en silencio de los niños, era tan temprano que no quise que se despertaran, estaba seguro de que esa misma noche volveríamos a vernos en aquel pueblecito, cerca de Santander. Aunque ya entonces andábamos huyendo y el presente se tambaleaba entre las bombas, todavía podía haber un futuro que nos perteneciera. No era posible que esa barbarie se consumase, que no recibiésemos la ayuda de los países aliados, que nos abandonasen a nuestra suerte, a nuestra mala suerte.

Las cosas salieron mal entonces y ahora todavía son peores. En este barco nos llevan a todos a cumplir condena, lejos de nuestros hogares, lejos de nuestras familias, muchos no volveremos.

Hemos cruzado la frontera y nos han apresado sin escrúpulos, pero ¿qué otra cosa podía hacer?, aquí está mi vida, aquí están los míos, y yo sólo pensaba en volver, por eso quise creer en la palabra de los traidores con la vana esperanza de recuperar mi pasado, pero nos han engañado otra vez.

Y mientras tanto, mi mujer y mis niños, mis pobres niños, cuánto tiempo sin verlos, cuánto tiempo sin poder abrazarlos y cuánto más me quedará todavía. Todos los sueños que tenía para ellos se han esfumado, ahora también son unos vencidos, como yo, como todos los nuestros.

Estaré ahí, tan cerca y ellos sin saberlo.

La guardia civil nos cierra el paso, no se puede seguir avanzando. Mi madre habla con ellos, explica, suplica, enseña su documentación. Los tres nos abrazamos a ella cómo si fuéramos un solo cuerpo, sin atrevernos a hacer ruido, ni a respirar casi. No nos moveremos de aquí, dice mi madre. Y los tres asentimos bajito con la mirada fija en ese barco dónde dicen que está nuestro padre.

Mi barco entra en el puerto, tengo que decirlo, alguien me ayudará, debería al menos intentarlo. Me acerco a uno de los soldados que nos custodian desde la frontera; desde el mismo momento en que perdimos la condición de exiliados para convertirnos en presos. Le cuento que soy de este pueblo, que mi casa es esa de los balcones, que ahí viven mi mujer y mis tres hijos, que hace dos años que no los veo, que quien sabe cuándo volveré. Le pido que haga algo, le suplico que alguien los avise. Aunque parece no escucharme yo sigo hablando, no me callaré ni me moveré de su lado. Le repito mi nombre una y otra vez, le digo que seguro que en el puerto trabaja gente que me conoce.

De pronto, se gira hacia mi:

  • Espere un momento

Le veo que habla con su superior, no les quito la vista de encima, quiero que sientan que sigo aquí, esperando, que no renuncio, que no desisto. Los dos caminan juntos por la pasarela y hablan con el práctico del puerto.

Empieza a hacer frío y estamos cansados, llevamos quietos mucho tiempo y aquí no pasa nada. Nos gustaría marcharnos a casa y cenar algo caliente pero mamá sigue ahí con la mirada fija en el barco. No nos dejarán pasar. Alguien se acerca, son soldados, hablan con la guardia civil, seguro que vienen a echarnos.
  • ¿Son ustedes los familiares de Gregorio González?

  • Soy su mujer y ellos son nuestros hijos

  • Pasen, su marido, vuestro padre, está esperando, falta todavía una hora para que zarpemos y pueden pasarla juntos.

Mar