lunes, 8 de enero de 2007
pasandolas putas
- ¿Por qué se vino la abuela, madre? - pudo ser mi pregunta,
Y la respuesta más o menos esta: tu abuela vivia en la casa del pueblo en que vivió toda la vida. Un día estaba yo con tu padre que habíamos ido a Cangas y dormimos en su casa. Aquel día la abuela salió a primera hora y fue a trabajar al campo como siempre. Cuando tu padre, al caer la tarde la vio aparecer con el jornal de ese día, me dijo:"tu madre no tiene por qué andar pasando miserias. Que se venga a Oviedo a vivir con nosotros". El "salario"de un día de trabajo recogiendo patatas, todavía en aquellos años, era algunas de las patatas que había recogido. Le llaman "la rebusca" al derecho que otorgan los propietarios de un campo o una huerta a pasar, una vez recogida la cosecha, y quedarse con, por ejemplo, las patatas que no se han recogido. Pues bien, ese era el salario. Muy jodido ser viuda y jornalera sin tierra en la Asturias de los minusculos propietarios acosados por el hambre.
Tirando del hilo rojo de la historia he llegado a algunas otras. ¿Como una viuda con 6 hijos saca adelante su familia en una época así?
1.Colocando a sus hijos en casas ajenas.Sea en una casa de dudosa reputación cuya patrona comentan se dedicaba a facilitar que las mu1jeres se deshicieran de embarazosos problemas, sea colocandolas a trabajar en casas de labranza donde, desde los seis años, trabajan como adultos, reciben palizas sin fin y pasan tanta hambre que tienen que robar a escondidas la comida a los cerdos. Cuando las cosas mejoraron colocaron a las más jóvenes con los mayores (en Madrid sobre todo)
2.La de comadrona o de partera era otra de sus tareas "muy valorada por las mujeres de la zona" por sus habilidades; aunque teniendo en donde coloca a sus hijas es posible que lo de "comadrona" sea una versión amable de una función menos noble y poco digna tanto de la españa franquista como de nuestra inmaculada democracia
3. Yendo a Madrid cada vez que tenía un hijo a dar de mamar al hijo de un rico, mientras en el pueblo dejaba a su propio retoño a cargo de su hija mayor comiendo lo que hubiese
4. Cuando los hijos varones fueron mayores (13 años?) poniendolos a trabajar en la mina; y a las chicas mandándolas a Madrid (o quizás yéndose ellas) ¿Pero a Madrid a qué? Puen en ese madrid de pensión y hambre, con más manos para servir que casar que las necesiten, solo tengo constancia de que mi tia vivia en una casa con otras mujeres y una "patrona". Y que cuando murió esta, mi tia casó con el patrón que "era todo un señor"
Y así pasaron los 25 años de paz del proletariado español...
El ambiente y los libros de texto
No es de extrañar este ambiente, porque aún en fecha tan tardía, 31 años después de terminada la guerra civil, se podía leer lo siguiente en el libro de Historia que estudiábamos en el colegio:
sábado, 6 de enero de 2007
Los Reyes Magos
En Bilbao, vivían en un piso con otras familias vascas, también refugiadas y comían lo que podían. Es normal, que mi madre y su hermana pequeña, que eran unas niñas, esperaran ansiosas la llegada de los Reyes Magos y que lo que les pidieran este año no fueran sólo juguetes, sino también golosinas e incluso arroz, lentejas o garbanzos para que su madre pudiera cocinar.
Mis abuelos les oyeron cuchichear emocionadas:
- Pero, ¿tú crees que podrán los Reyes Magos llegar a Bilbao sin que les atrapen los requetés?
- Hombre, claro, para eso son magos, ellos pueden saltar por encima del cinturón de hierro sin que nadie los vea
Mis abuelos no tenían nada que poner a la mañana siguiente en los zapatos de sus hijas y tuvieron que decirles la verdad sobre los reyes magos para que no siguieran haciéndose ilusiones que no se iban a poder cumplir. Esto no es más que una anécdota, todos, en un momento u otro de nuestra vida, hemos pasado por la experiencia, más o menos traumática, de saber que los reyes magos no existen, pero en un día como el de hoy me ha venido a la memoria este recuerdo de cómo la guerra fue destruyendo hasta las ilusiones más sencillas y simples de los niños.
viernes, 5 de enero de 2007
la desmemoria
jueves, 4 de enero de 2007
In Memorian Ángel Gómez Martín
- ¡Han entrado los falangistas! ¡han entrado los falangistas!
Aquella misma tarde, a la vuelta de la labranza, han estado en casa los compañeros de papá.
- Ángel, no te metas en líos, piensa en tus hijos, por qué te presentarías al ayuntamiento, ya te dije que nos perderías a todos, se pueden tener unas ideas pero sin significarse… ¡madre mía! ¿que habrá sido de las tres mayores?
- Ellas están bien, parece que no han podido tomar Madrid.
- Hay que escapar como sea, nos van a matar a todos.
- No hombre, no, ¡cómo nos van a matar, si no hemos hecho nada!
- Parece que no los conozcas…
- Y el cura, ya has visto, está por medio.
- Pero si arreglamos la fachada de la iglesia y todo.
- Bastante le importa a ése, es un fascista.
Este testimonio lo recibí de mi madre, una de las hijas mayores que estaba en Madrid, y de mi tía Carmen, en quien he puesto la voz del relato, la niña que corrió por última vez detrás de su padre, mi abuelo. Terminada la guerra, mi madre y sus hermanas mayores volvieron al pueblo a reunirse con su familia. Les esperaba la cárcel por unas semanas y el habitual corte del pelo al cero, su delito: ser hijas de un republicano.
Cinco años después ya instalada toda la familia en casa de la hermana mayor en Vallecas, una mañana Emiliana no pudo más y se tiró a las vías del tren. Por eso, a mi abuela tampoco pude conocerla.
Javier Camarillo.
miércoles, 3 de enero de 2007
Todo lo que no era franquismo, era perseguido
Durante la guerra fue reclutado por el Ejército republicano. El Gobierno republicano le indemnizó con dinero de la república puesto que no iba a poder atender su pequeño negocio de telas en el pueblo. Este dinero y puesto que el Gobierno republicano perdió la guerra, finalmente, no le sirvió para recuperar los años "perdidos". Evidéntemente el dinero imprimido por la república no servía en el nuevo estado franquista.
Aún y todo mi abuelo consiguió salvar su vida y su negocio en la posguerra. Sin embargo, todos los años tenía que desfilar por el pueblo con el resto de hombres del pueblo el día de la victoria (1 de abril).
Aquel día mi tío Pepe nació y claro, mi abuelo, no pudo asistir al desfile de la victoria porque tenía que atender a mi abuela parturienta y supuso que la autoridad competente entendería que el haber tenido un hijo era una "causa de fuerza mayor" suficiente para no asistir a la anual cita de enaltecimiento de la "gesta" franquista.
Que equivocado estaba mi abuelo, un hombre liberal, de costumbres cristianas y un "buen español" como se estilaba decir entonces. Al día siguiente llegó un escuadrón de falangistas le detuvieron y le llevaron a sus siniestras dependencias, le dieron una paliza y le cortaron el pelo al cero para recordarle dos cosas: que no había excusa para no acudir a desfilar el día de la victoria y que el franquismo, la causa del franquismo, era más importante que cualquiera otra y si hacía falta demostrarlo violéntamente, ésto se haría de forma implacable.
Después de aquello mi abuelo siguió acudiendo puntualmente, todos los años al Desfile de la Victoria. Finalmente tuvo que abandonar el pueblo, vender su pequeña tienda de tejidos y rehacer su vida aquí en Madrid, en la capital de la nueva España franquista, como otros miles o quizás millones de españoles que creían en la razón y el buen juicio.
Y es que el franquismo perseguía todo lo que no fuera franquismo, incluso el sentido común.
Gabriel.
martes, 2 de enero de 2007
un barco en el puerto
Papá está en el puerto, ha venido en un gran barco
Hay que ir corriendo, lo ha dicho Conchi, la vecina
Vamos, vístete, tenemos que darnos prisa
Mamá parecía no entender nada de nuestro barullo, pero yo noté que se le iluminaban los ojos y que en sus labios empezaba a dibujarse algo parecido a una sonrisa. Nos movíamos a su alrededor, quitándonos la palabra el uno al otro, hasta que ella hizo una llamada a la calma:
Niños, dejad que me ponga los zapatos
Volvimos a bajar a la calle, corriendo por las escaleras, esperándole a ella en los descansillos de cada piso, todos queríamos estar a su lado y a la vez todos queríamos llegar los primeros. Caminamos sonrientes por el paseo, avanzando y retrocediendo, con un ojo puesto en el barco y el otro en mamá que no podía correr tanto como nosotros.
Las cosas salieron mal entonces y ahora todavía son peores. En este barco nos llevan a todos a cumplir condena, lejos de nuestros hogares, lejos de nuestras familias, muchos no volveremos.
Hemos cruzado la frontera y nos han apresado sin escrúpulos, pero ¿qué otra cosa podía hacer?, aquí está mi vida, aquí están los míos, y yo sólo pensaba en volver, por eso quise creer en la palabra de los traidores con la vana esperanza de recuperar mi pasado, pero nos han engañado otra vez.
Y mientras tanto, mi mujer y mis niños, mis pobres niños, cuánto tiempo sin verlos, cuánto tiempo sin poder abrazarlos y cuánto más me quedará todavía. Todos los sueños que tenía para ellos se han esfumado, ahora también son unos vencidos, como yo, como todos los nuestros.
Estaré ahí, tan cerca y ellos sin saberlo.
Mi barco entra en el puerto, tengo que decirlo, alguien me ayudará, debería al menos intentarlo. Me acerco a uno de los soldados que nos custodian desde la frontera; desde el mismo momento en que perdimos la condición de exiliados para convertirnos en presos. Le cuento que soy de este pueblo, que mi casa es esa de los balcones, que ahí viven mi mujer y mis tres hijos, que hace dos años que no los veo, que quien sabe cuándo volveré. Le pido que haga algo, le suplico que alguien los avise. Aunque parece no escucharme yo sigo hablando, no me callaré ni me moveré de su lado. Le repito mi nombre una y otra vez, le digo que seguro que en el puerto trabaja gente que me conoce.
De pronto, se gira hacia mi:
Espere un momento
Le veo que habla con su superior, no les quito la vista de encima, quiero que sientan que sigo aquí, esperando, que no renuncio, que no desisto. Los dos caminan juntos por la pasarela y hablan con el práctico del puerto.
¿Son ustedes los familiares de Gregorio González?
Soy su mujer y ellos son nuestros hijos
Pasen, su marido, vuestro padre, está esperando, falta todavía una hora para que zarpemos y pueden pasarla juntos.
